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Párkinson: bloquean una proteína para impedir que se propague por el cerebro
Ya se ha probado en células cerebrales cultivadas, ahora comienzan los ensayos en humanos.
El párkinson suele comenzar con un temblor casi insignificante. Una mano que vibra ligeramente al sostener una taza. Un brazo que deja de balancearse al caminar. Una lentitud tan sutil que muchas personas la atribuyen simplemente al cansancio o a la edad. Pero cuando aparecen esos síntomas, el cerebro lleva años cambiando en silencio. Porque el párkinson no es solo una enfermedad del movimiento. Es una enfermedad de propagación.
Más de diez millones de personas viven actualmente con párkinson en el mundo, y los casos no dejan de crecer. De hecho, los neurólogos lo consideran el trastorno neurodegenerativo de mayor crecimiento global, impulsado por el envejecimiento de la población, factores ambientales y una mejor capacidad de diagnóstico.
Desde hace décadas, los científicos saben que el párkinson está asociado a una proteína llamada alfa-sinucleína. En condiciones normales, esta proteína ayuda a las neuronas a comunicarse. Pero en algunos pacientes empieza a plegarse mal, como un origami defectuoso. Entonces se agrupa formando cúmulos tóxicos que dañan las neuronas y terminan matándolas.
Lo inquietante es que estas proteínas deformadas parecen contagiar su forma a otras proteínas sanas cercanas. Algo parecido a una reacción en cadena. Una neurona enferma libera alfa-sinucleína alterada; la siguiente la absorbe; luego esa célula también empieza a acumular agregados. Y así, lentamente, la enfermedad avanza por distintas regiones cerebrales.
Esa idea ha cambiado profundamente la forma de entender la enfermedad de párkinson. Ya no se lo ve únicamente como una muerte neuronal localizada, sino como un proceso dinámico de expansión. El problema es que los tratamientos actuales apenas consiguen frenar los síntomas.
El más conocido es la levodopa, un fármaco utilizado desde finales de los años sesenta. Su función consiste en aumentar los niveles de dopamina, la molécula cuya pérdida provoca gran parte de los problemas motores del párkinson. También existen terapias como la estimulación cerebral profunda, en la que electrodos implantados en determinadas zonas del cerebro ayudan a controlar temblores y rigidez. Pero ninguna de estas estrategias detiene realmente la enfermedad. Es una diferencia fundamental. Los tratamientos actuales ayudan a convivir con el párkinson; no impiden que continúe avanzando.
Por eso un nuevo estudio publicado en Neuron resulta tan interesante. Los científicos no intentaron aliviar síntomas. Intentaron interrumpir la propagación. El estudio, liderado por Marc Carceles-Cordon, de la Universidad de Pensilvania, se centra en una proteína poco conocida llamada GPNMB: esta molécula parece actuar como una especie de facilitadora de la expansión del daño neuronal.
La historia comienza con las microglías, las células inmunitarias del cerebro. Durante años se pensó que estas células eran simplemente las “basureras” del sistema nervioso: eliminaban restos celulares y reaccionaban ante lesiones. Pero cada vez está más claro que también pueden influir activamente en enfermedades neurodegenerativas.
Según el estudio, cuando las neuronas empiezan a dañarse por acumulación de alfa-sinucleína, las microglías responden liberando grandes cantidades de GPNMB. Y aquí aparece el problema: esa proteína parece facilitar que la alfa-sinucleína tóxica pase de una célula a otra, acelerando la propagación del párkinson. Los autores describen una especie de círculo vicioso: la alfa-sinucleína daña neuronas; el daño activa microglías; las microglías liberan GPNMB; y la GPNMB favorece que la alfa-sinucleína continúe expandiéndose.
Así que el equipo de Carceles-Cordon decidió probar algo distinto: bloquear esa proteína. En experimentos con neuronas cultivadas en laboratorio utilizaron anticuerpos monoclonales diseñados para unirse a GPNMB e impedir su acción. El resultado fue sorprendente: la propagación de la alfa-sinucleína entre células se redujo notablemente.
Es importante mantener cautela. Todavía no se trata de un tratamiento disponible para pacientes. Los experimentos son preclínicos y falta comprobar si esta estrategia funciona de forma segura en humanos. Pero el enfoque representa un cambio importante.
Durante décadas, muchas terapias del párkinson intentaron compensar el daño una vez producido. Este trabajo intenta frenar el incendio antes de que alcance nuevas regiones cerebrales. Y quizá eso sea lo más prometedor del estudio: la posibilidad de transformar el párkinson, al menos parcialmente, de una enfermedad inevitablemente progresiva en una enfermedad cuya expansión pueda ralentizarse. Y, en neurología, ralentizar ya sería una revolución.
Fuente larazon.es