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El impacto invisible del hígado graso: más ictus e infartos

El impacto invisible del hígado graso: más ictus e infartos

La mayoría ignora qué es la esteatosis hepática, a pesar de que afecta a más de 10 millones de españoles


Se trata de un órgano vital, pero lo cierto es que el hígado pasa desapercibido entre las prioridades sanitarias de la población, a pesar de que tiene un impacto directo en el bienestar de una persona.
Buena prueba de ello es el hígado graso, una patología que afecta a más de 10 millones de personas en España (cerca del 25% de la población general), según las estimaciones de la Guía de Práctica Clínica de la Asociación Española para el Estudio del Hígado (AEEH).

Sin embargo, la mayoría de la población ignora qué es y cuáles son sus riesgos reales, tal y como revela el primer Barómetro del Hígado Graso, un estudio sociológico llevado a cabo por la Federación del Hígado en España (FEH) que analiza el grado de conocimiento de la población sobre esta afección, conocida clínicamente como patología hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica. «Resulta muy preocupante el desconocimiento que hay al respecto, ya que eso dificulta actuar a tiempo. Al tratarse de una enfermedad que avanza silenciosamente, cuando aparecen síntomas ya es demasiado tarde, mientras que si se detecta en fase precoz puede revertirse», asegura Josep María Martínez Rodríguez, vicepresidente de la Federación Española del Hígado en España (FEHE).
Los resultados de la investigación, que se enmarca en un mes enfocado en la sensibilización sobre el cáncer de hígado, cuyo Día Mundial se conmemora el 30 de octubre, revela una llamativa falta de cultura hepática básica: el 49% de los españoles no considera que el hígado sea un órgano vital. Esta desconexión se acentúa entre los jóvenes: solo una de cada tres personas de entre 18 y 24 años sabe que el hígado es indispensable para vivir. Además, el 87% de la población reduce el papel de este órgano casi en exclusiva al procesamiento del alcohol, ignorando su función clave en el metabolismo o la regulación del azúcar en sangre.

Una amenaza silenciosa
El 55% de los encuestados admite que no sabe qué es el hígado graso: un 10% no ha oído hablar jamás de él y un 40% conoce con el término, pero ignora en qué consiste. A esto se añade la desinformación sobre su evolución clínica y pronóstico. «El hígado graso es la gran epidemia silenciosa del siglo XXI. El hecho de que más de un tercio de la ciudadanía no sepa que avanza sin dar síntomas dificulta enormemente el diagnóstico precoz y la intervención oportuna en atención primaria», advierte Martínez Rodríguez.
Además, gran parte de la población no es consciente de sus consecuencias vasculares más graves. «El hígado graso es uno de los factores de riesgo más importantes en la salud cardiovascular. Esto se debe a que se trata de un trastorno sistémico vinculado a la resistencia a la insulina, la obesidad, la hipertensión, la diabetes y el colesterol o triglicéridos elevados», explica Martínez Rodríguez. Por ello, estos pacientes tienen un riesgo significativamente mayor de sufrir infartos de miocardio, accidentes cerebrovasculares como el ictus, insuficiencia cardíaca y fibrilación auricular. Del mismo modo, se suele pasar por alto su relación con otras afecciones de gran prevalencia, como la diabetes tipo 2 y la hipertensión.

De hecho, investigadores del Instituto Cardiovascular Mass General Brigham (Estados Unidos) han descubierto recientemente que las personas con esteatosis hepática presentan una mayor cantidad de placa coronaria no calcificada y propensa a la ruptura, y tienen casi el doble de probabilidades de sufrir eventos cardiovasculares en comparación con quienes no padecen esteatosis.

Cómo detectarlo a tiempo
En este escenario, Martínez Rodríguez alza la voz para exigir la necesidad de mejorar la detección precoz de este problema, ya que eso puede cambiar las reglas del juego. «Yo tenía hígado graso y los médicos no le dieron mucha importancia, lo que derivó en un cáncer de hígado posterior. Estoy vivo gracias a un trasplante», relata. Para evitar esta situación, el vicepresidente de la FEHE insta a las autoridades sanitarias a «incluir el perfil hepático dentro de los criterios básicos que se analizan de forma rutinaria, al igual que se piden los valores de glucosa o de colesterol. Esto debe hacerse, sobre todo, en aquellas personas que ya tienen factores de riesgo, porque resulta barato, sencillo y eficaz para detectar una elevación ligera o moderada de las transaminasas, además de otras pruebas como el FIB-4, un índice de alerta temprana para identificar qué pacientes están en riesgo de desarrollar complicaciones graves».

El estigma del paciente
El sesgo social rodea a esta patología: el 92% de los españoles cree que el paciente es el responsable de su enfermedad. Así, un 77% atribuye su origen solo a «malos hábitos» (dieta y sedentarismo), mientras que apenas un 24% comprende el peso de los factores genéticos y metabólicos. «Atribuir el hígado graso solo al estilo de vida es una simplificación injusta y peligrosa. Creer que es exclusivo de personas con sobrepeso o culpabilizar al enfermo genera estigma, aleja a los pacientes de las consultas y hace que personas con peso normal ignoren que también están en riesgo», apunta Martínez Rodríguez.

 

Fuente larazon.es