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Esta bacteria intestinal ayudaría a conservar la fuerza muscular con la edad

Esta bacteria intestinal ayudaría a conservar la fuerza muscular con la edad

En las personas mayores que albergaban esta bacteria, la fuerza de agarre era aproximadamente un 29 % superior a la de quienes no la presentaban.


Hay una prueba sencilla que puede decir mucho más sobre nuestro estado de salud de lo que parece. Consiste en apretar con fuerza un pequeño dispositivo llamado dinamómetro. La prueba dura apenas unos segundos, pero la fuerza que ejercemos con la mano ofrece una información valiosa sobre el estado de nuestros músculos y, en particular, sobre cómo envejecen.

Un estudio lo explica de forma clarísima: “La fuerza de agarre manual (FAM) es un indicador fundamental para evaluar la función muscular y la capacidad física general, y resulta especialmente relevante para la población de edad avanzada. La FAM guarda una estrecha relación con el concepto de sarcopenia, que abarca la disminución de la masa, la fuerza y ​​la función muscular relacionada con la edad”.
Una mano que pierde fuerza puede ser también la señal de que el organismo está perdiendo capacidad muscular en otros lugares. Por eso esta sencilla medida se ha convertido en una herramienta habitual para estudiar el envejecimiento, la fragilidad y la capacidad funcional de las personas mayores. Ahora, un estudio publicado en Gut apunta hacia un protagonista inesperado de este proceso: una bacteria que vive en nuestro intestino.

Se trata de Roseburia inulinivorans, un microorganismo perteneciente a un grupo de bacterias intestinales capaces de utilizar determinados carbohidratos complejos. Los autores del estudio, liderados por Borja Martínez-Tellez de la Universidad de Leiden, quisieron averiguar si la composición de la microbiota podía estar relacionada con la capacidad de los músculos y combinaron dos aproximaciones diferentes: observaron qué ocurría en personas y después comprobaron experimentalmente la hipótesis en ratones.
En la primera parte analizaron muestras fecales de adultos jóvenes y de personas mayores y compararon la presencia de distintas bacterias con medidas de fuerza y condición física. Entre los microorganismos estudiados destacó R. inulinivorans. En las personas mayores que albergaban esta bacteria, la fuerza de agarre era aproximadamente un 29 % superior a la de quienes no la presentaban.

El resultado es llamativo, pero hay que interpretar correctamente qué significa. Esta parte del estudio es observacional: muestra una asociación, no demuestra que la bacteria sea la responsable de que esas personas tengan más fuerza. Podría existir otra explicación. Por ejemplo, determinados hábitos alimentarios, niveles de actividad física u otras características del organismo podrían favorecer simultáneamente la presencia de la bacteria y una mejor salud muscular.
Pero el equipo de Martínez-Tellez dio un paso más. Para comprobar si la relación podía ser algo más que una coincidencia estadística, administraron R. inulinivorans a ratones. Y aquí apareció una diferencia importante respecto al estudio en humanos: los animales que recibieron la bacteria no solo desarrollaron una mayor fuerza de agarre. También presentaron cambios en el músculo, entre ellos fibras musculares de mayor tamaño y una mayor proporción de fibras de contracción rápida, las que permiten realizar movimientos intensos y breves.
El experimento no demuestra que lo mismo vaya a ocurrir en seres humanos, pero sí aporta una pieza que faltaba en la observación inicial. Si una asociación detectada en personas puede reproducirse experimentalmente en animales, resulta más razonable plantear que la bacteria podría estar participando en el fenómeno, aunque todavía sea necesario demostrarlo en humanos.
La pregunta entonces es cómo podría una bacteria que vive en el intestino modificar el comportamiento de un músculo situado en la “otra punta del cuerpo”. Una de las pistas estaría en el metabolismo de la bacteria. R. inulinivorans parece modificar la disponibilidad de determinados metabolitos y, como consecuencia, influir en rutas metabólicas del músculo relacionadas con la producción de energía, el equilibrio redox y la síntesis de componentes necesarios para las células. Es una posible explicación molecular para lo que habían observado primero a escala de todo el organismo.

El resultado encaja con una idea que está adquiriendo cada vez más importancia: el intestino y el músculo no son órganos aislados. Existe entre ellos una comunicación constante en la que participan nutrientes, metabolitos y moléculas producidas o modificadas por los microorganismos intestinales. Es lo que se conoce como eje intestino-músculo.
Y aquí aparece una pregunta casi inevitable: si esta bacteria puede estar relacionada con una mayor fuerza muscular, ¿podríamos simplemente comerla? Por ahora, no. Roseburia inulinivorans no es una bacteria que encontremos habitualmente como ingrediente de un yogur, un queso o un alimento fermentado. Es un microorganismo propio del ecosistema intestinal. Por tanto, no hay ninguna base para recomendar un alimento concreto con la idea de “tomar” esta bacteria.

Además, conviene distinguir dos conceptos que suelen confundirse: probiótico y prebiótico. Un probiótico es un microorganismo vivo que se administra con la intención de proporcionar un beneficio. Un prebiótico es, en cambio, un sustrato que determinadas bacterias intestinales pueden utilizar y que puede favorecer su crecimiento o actividad.
R. inulinivorans es capaz de utilizar inulina, un tipo de fibra presente en numerosos vegetales. Pero esto tampoco significa que comer más inulina vaya a aumentar necesariamente esta bacteria en nuestro intestino ni, mucho menos, que vaya a aumentar nuestra fuerza. El estudio no ha demostrado ninguna de esas dos cosas. Lo que sí ha demostrado es que una bacteria intestinal asociada con una mayor fuerza muscular en personas mayores puede, cuando se administra a ratones, producir cambios en su músculo y aumentar su capacidad de generar fuerza.

Queda por averiguar si ese efecto puede reproducirse en seres humanos y, sobre todo, si algún día será posible utilizar la microbiota o los metabolitos que produce, para combatir uno de los problemas más importantes del envejecimiento. Porque quizá conservar los músculos durante toda la vida no dependa únicamente de cuánto los ejercitamos. Puede que, en parte, también dependa de quién vive dentro de nosotros.

 

Fuentelarazon.es