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Investigadores españoles del IBIMA lo confirman: el ayuno intermitente potencia de forma significativa la memoria y la atención en personas con obesidad
Un ensayo clínico con casi un centenar de voluntarios malagueños revela que la alternancia de días de ingesta normal con jornadas de restricción calórica severa remodela la flora bacteriana intestinal y reduce los marcadores inflamatorios que entorpecen las funciones cerebrales superiores
La comunidad científica disponía ya de evidencia sólida sobre la utilidad del ayuno intermitente como herramienta para reducir el tejido adiposo, pero un nuevo trabajo desarrollado en España añade ahora una dimensión inédita a sus beneficios.
El equipo multidisciplinar del Instituto de Investigación Biomédica de Málaga, perteneciente a la plataforma BIONAND y liderado por los doctores Francisco J. Tinahones, Isabel Moreno-Indias y Virginia Mela, ha demostrado que este patrón de alimentación no se limita a mover la aguja de la báscula.
Los resultados del estudio, que acaban de ver la luz en la revista Gut, señalan que los adultos con obesidad que siguieron una pauta de ayuno en días alternos experimentaron una mejora tangible en capacidades como la retención de información a corto plazo, la capacidad para mantener la concentración y la habilidad para frenar respuestas impulsivas.
Para llegar a esta conclusión, los investigadores reclutaron a noventa y seis personas con un índice de masa corporal superior a treinta. Los participantes fueron distribuidos al azar en tres estrategias dietéticas hipocalóricas diferentes durante un trimestre completo.
El primer grupo adoptó una dieta mediterránea equilibrada, el segundo una fórmula cetogénica muy baja en hidratos de carbono, y el tercero se sometió a la disciplina del ayuno intermitente en días alternos.
Al término del periodo de observación, la pérdida de peso fue muy similar en los tres colectivos, rondando una media del siete por ciento del peso inicial. Sin embargo, la gran divergencia apareció al analizar el rendimiento cognitivo mediante pruebas neuropsicológicas estandarizadas: el grupo que alternaba jornadas de ingesta libre con días de consumo mínimo fue el único que registró un avance estadísticamente significativo en memoria de trabajo y control inhibitorio.
El diálogo químico entre el intestino y el cerebro
La explicación a este fenómeno reside en la transformación del ecosistema microbiano que habita el tracto digestivo.
Los análisis de sangre y heces revelaron que los seguidores del ayuno alterno presentaban una drástica reducción de moléculas proinflamatorias como la ferritina y la proteína MCP-1.
En paralelo, su microbiota experimentó un reajuste favorable: se redujo la presencia de familias bacterianas vinculadas a procesos neurotóxicos y se incrementaron aquellas especializadas en la producción de butirato, un compuesto capaz de reforzar las defensas de la barrera intestinal y apaciguar la activación de las células inmunitarias del sistema nervioso central.
Los experimentos complementarios con animales de laboratorio, a los que se trasplantó la flora intestinal de los voluntarios, confirmaron que esta nueva configuración bacteriana mejoraba la capacidad del cerebro para eliminar desechos neuronales.
"Estos hallazgos rompen con la visión tradicional de que solo importan las calorías. La misma pérdida de peso puede tener una repercusión sobre la salud diferente en función de la estrategia utilizada para conseguirlo", explicó el doctor Tinahones.
Por su parte, la doctora Mela subrayó que "el patrón de ingesta basado en el ayuno intermitente, al remodelar nuestra comunidad microbiana, produce señales químicas que viajan por el eje intestino-cerebro y regulan directamente la función de las células inmunitarias".
El estudio sienta así las bases para futuras investigaciones sobre nutrición de precisión orientada a proteger el órgano pensante, especialmente en poblaciones con riesgo elevado de deterioro cognitivo asociado al síndrome metabólico.
Fuente larazon.es