Noticias de Salud

Una experta de Harvard explica por qué el yogur puede ser un aliado para envejecer mejor: «No hay una cantidad mágica»

Una experta de Harvard explica por qué el yogur puede ser un aliado para envejecer mejor: «No hay una cantidad mágica»

El consumo habitual de yogur se ha relacionado con un menor riesgo de hipertensión y enfermedad cardiovascular, incluso cuando se trata de variedades enteras


Mucho antes de que se hablara de probióticos, microbiota o salud cardiovascular, el yogur ya tenía fama de ser un alimento capaz de fortalecer el organismo. Tanto es así que, según cuenta una antigua historia, Gengis Kan confiaba en él para alimentar a sus tropas porque creía que les proporcionaba fuerza y valentía. La segunda propiedad resulta bastante difícil de demostrar. Con la primera, sin embargo, la ciencia moderna empieza a encontrar algunos argumentos.

El yogur concentra proteínas y otros nutrientes en un alimento fermentado relativamente sencillo y, durante los últimos años, diferentes investigaciones han encontrado asociaciones entre su consumo habitual y una mejor salud cardiometabólica. Algunas cifras llaman especialmente la atención: en grandes estudios realizados en Estados Unidos, tomar yogur al menos cinco veces por semana se asoció con un riesgo un 16% menor de desarrollar hipertensión arterial. Y la relación no termina ahí. Entre las personas que ya padecían hipertensión, consumirlo al menos dos veces por semana se vinculó con un riesgo un 17% menor de enfermedad cardiovascular entre las mujeres y un 21% menor entre los hombres.
Son datos que Kerry L. Ivey, epidemióloga nutricional, dietista clínica, bioinformática y profesora adjunta de Medicina de la Facultad de Medicina de Harvard en el Brigham and Women’s Hospital, analiza en una reciente revisión sobre el yogur y la salud humana publicada en The Journal of Nutrition, Health and Aging.

Para la especialista, la vieja intuición atribuida a Gengis Kan quizá no estuviera completamente desencaminada, aunque por motivos muy distintos a los que podía imaginar un emperador medieval. «Gran parte de mi investigación se centra en cómo podemos mantenernos vitales y sanos a medida que envejecemos», explica Ivey. Y en ese objetivo aparece una combinación especialmente interesante: aumentar la ingesta de proteínas mientras se intenta reducir el riesgo de enfermedades crónicas.

La paradoja del yogur entero y las grasas saturadas
Uno de los aspectos más interesantes del yogur es que obliga a mirar más allá de la etiqueta nutricional y de un único componente. Durante décadas, las grasas saturadas han estado bajo el foco por su capacidad para elevar el colesterol LDL, conocido popularmente como colesterol «malo», y por su relación con el riesgo cardiovascular. Eso podría hacer pensar que un yogur entero debería resultar necesariamente peor para el corazón que uno desnatado. Sin embargo, las investigaciones disponibles dibujan una situación bastante más compleja.

Un metaanálisis de ensayos controlados aleatorizados encontró que el yogur probiótico podía reducir el colesterol LDL en personas que presentaban niveles de colesterol elevados de leves a moderados. Al mismo tiempo, grandes estudios observacionales han encontrado que quienes incluyen yogur habitualmente en su alimentación tienden a presentar mejores indicadores de salud cardiovascular.
Quizá uno de los resultados más llamativos proceda de Dinamarca. Un amplio estudio observó que sustituir tanto la leche desnatada como la leche entera por yogur entero se asociaba con un riesgo entre un 11% y un 13% menor de enfermedad cardíaca.

¿Cómo puede encajar esto con la presencia de grasas saturadas?
La explicación está relacionada con lo que los investigadores denominan «matriz alimentaria». Un alimento no es simplemente la suma aislada de sus gramos de proteínas, hidratos, grasas o minerales. La estructura en la que esos nutrientes se encuentran, su interacción entre ellos y los cambios derivados de procesos como la fermentación pueden modificar la respuesta del organismo.

Por eso, advierte Ivey, no siempre es posible predecir el efecto que tendrá un alimento completo fijándose únicamente en uno de sus nutrientes. Que un producto contenga grasas saturadas, por ejemplo, no significa que sus efectos sobre la salud puedan deducirse exclusivamente a partir de ese dato. El yogur es un buen ejemplo de esa complejidad.
Los porcentajes observados no permiten afirmar que comer yogur sea directamente responsable de reducir el riesgo de hipertensión o enfermedad cardiovascular. «Buena parte de los resultados procede de estudios observacionales, así que los resultados son susceptibles de estar sesgados por otras variables, como la dieta general, el estilo de vida y los factores socioeconómicos. No está claro exactamente cómo y por qué el yogur es beneficioso, ni para quién ni en qué etapa de la vida», reconoce Ivey.

Entonces, ¿qué yogur hay que comprar? La pregunta científica se convierte rápidamente en una cuestión mucho más cotidiana al llegar al supermercado. Natural, griego, desnatado, entero, rico en proteínas, con diferentes fermentos, azucarado, con fruta... el pasillo de los yogures contiene productos nutricionalmente muy distintos bajo una misma denominación general.
Y aquí Ivey evita dar una respuesta universal: «No hay una respuesta sencilla, ni una cantidad mágica de raciones de yogur que todo el mundo deba consumir», explica la investigadora de Harvard. Algunas variedades contienen más proteínas; otras incorporan más azúcar; y también existen diferencias importantes en su cantidad de grasa. Por eso, más que convertir el yogur en una especie de alimento milagroso que deba tomarse un determinado número de veces cada día, la especialista propone contemplarlo como un alimento rico en nutrientes que puede formar parte de un patrón de alimentación saludable.

Eso puede ser tan sencillo como combinarlo con fruta y cereales integrales en el desayuno, utilizarlo como tentempié en sustitución de productos más procesados o emplear yogur natural como base para salsas y aderezos. La clave está precisamente en ese contexto. Un yogur no compensa por sí solo una mala alimentación, del mismo modo que elegir una variedad con más grasa no permite anticipar automáticamente cuál será su efecto global sobre la salud.


Del yogur de Gengis Kan a la nutrición personalizada
La siguiente frontera de esta investigación va incluso más allá de averiguar si comer yogur es beneficioso y quiere descubrir qué tipo de yogur puede resultar más interesante para cada persona. Ivey confía en que «podamos acercarnos a la nutrición personalizada: el tipo adecuado de yogur con el tipo adecuado de bacterias, para la persona adecuada, en el momento adecuado», resume la investigadora.

Gengis Kan difícilmente podía imaginar esa discusión científica cuando, según la leyenda, confiaba en el yogur para fortalecer a sus soldados. La ciencia tampoco ha encontrado pruebas de que proporcione valentía. Pero siglos después, este alimento cotidiano ha terminado planteando una pregunta bastante más interesante: hasta qué punto algo tan simple como un alimento fermentado puede influir en la forma en la que envejecemos.

 

Fuente larazon.es