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La dieta keto supera a la mediterránea en un ensayo clínico
Es la conclusión de un reciente estudio…, pero hay letra pequeña.
Perder peso puede mejorar la salud metabólica. Eso no es una novedad. Lo que resulta mucho más difícil de responder es si la manera de perder esos kilos importa. ¿Produce los mismos efectos metabólicos adelgazar reduciendo las grasas que restringiendo drásticamente los carbohidratos? ¿Puede una dieta modificar el funcionamiento del hígado y la regulación de la glucosa más allá de lo que explicaría la propia pérdida de peso?
Un ensayo clínico realizado por científicos de la Universidad de Washington, ha descubierto una respuesta sorprendente. En personas con obesidad, prediabetes y enfermedad hepática grasa, tres dietas diferentes consiguieron una pérdida de peso similar, pero la dieta cetogénica produjo las mayores mejoras en varios indicadores de salud metabólica y hepática.
El estudio, publicado en Cell Metabolism, comparó durante más de cuatro meses una dieta cetogénica, una mediterránea y otra baja en grasas y basada principalmente en alimentos vegetales. Los autores, liderados por Samuel Klein investigadores proporcionaron toda la comida a los participantes y trabajaron semanalmente con un dietista para favorecer el cumplimiento de cada pauta.
Los 42 voluntarios tenían tres características que los convertían en un grupo especialmente interesante: obesidad, prediabetes y acumulación de grasa en el hígado. En lugar de comparar dietas diseñadas simplemente para adelgazar, el equipo de Klein quería saber qué ocurría cuando se conseguía una pérdida de peso equivalente, pero cambiando la composición de los alimentos.
La diferencia entre las tres dietas era considerable. En la cetogénica, solo el 4 % de las calorías procedía de los carbohidratos, mientras que el 73 % procedía de las grasas. La dieta mediterránea aportaba aproximadamente un 50 % de las calorías en forma de carbohidratos y un 35 % de grasas. En la dieta baja en grasas y predominantemente vegetal, los carbohidratos suponían el 70 % y las grasas el 15 %. La cantidad de comida se ajustó individualmente para que todos los participantes perdieran alrededor del 10 % de su peso corporal. Y eso es importante porque, al final del experimento, las tres dietas funcionaron.
Todos los grupos redujeron de forma significativa su grasa corporal y todos mejoraron su sensibilidad a la insulina, una señal de que el organismo podía gestionar mejor la glucosa. Pero cuando los investigadores miraron más detenidamente qué estaba ocurriendo en el hígado, apareció una diferencia. La cantidad de grasa hepática se redujo un 67 % de media en el grupo cetogénico, frente a aproximadamente un 45 % tanto en el grupo mediterráneo como en el que siguió la dieta baja en grasas.
“Sabemos que perder peso puede mejorar la salud metabólica de las personas con obesidad - explica Klein -. Nuestros datos sugieren que, si tienes un contenido elevado de grasa en el hígado y prediabetes, reducir la ingesta de carbohidratos puede tener importantes efectos terapéuticos sobre el metabolismo más allá de la propia pérdida de peso”.
Los resultados también mostraron diferencias en las hormonas implicadas en el metabolismo. Durante un periodo de 24 horas tomaron muestras de sangre para seguir los cambios metabólicos y observaron que los participantes que seguían la dieta cetogénica experimentaban el mayor aumento de glucagón, una hormona que favorece la movilización y utilización de las grasas, incluida la acumulada en el hígado. Al mismo tiempo, sus niveles de insulina en sangre disminuyeron más que en los otros grupos.
Pero hubo un resultado que sorprendió especialmente al equipo de Klein. Una de las críticas habituales a las dietas cetogénicas es que, al aportar una proporción tan elevada de grasas, podrían aumentar determinados lípidos circulantes. Sin embargo, eso no ocurrió en este ensayo. “El hallazgo más sorprendente fue que los participantes del grupo cetogénico no experimentaron un aumento de las grasas en sangre ni de los niveles de colesterol a pesar de consumir la mayor cantidad de grasa”, añade Max Petersen, coautor del estudio.
También cambió la situación de los participantes respecto a la prediabetes. Después de la intervención y la pérdida de peso, aproximadamente la mitad de quienes siguieron la dieta cetogénica dejó de cumplir los criterios de prediabetes. En el grupo mediterráneo lo hizo el 29 %, mientras que en el grupo bajo en grasas y predominantemente vegetal fue el 7 %. Para Petersen, este resultado resulta especialmente relevante en una época en la que los fármacos para combatir la obesidad han cambiado radicalmente el tratamiento.
“Los medicamentos basados en GLP-1 (léase ozempic y demás) han revolucionado la terapia de la obesidad. Ahora tenemos una farmacoterapia muy eficaz para conseguir una pérdida de peso significativa – afirma Petersen -. Pero, además, nuestro estudio demuestra que la composición específica de la dieta puede proporcionar beneficios adicionales”.
La palabra importante aquí es “adicionales”. El estudio no demuestra que la dieta cetogénica sea superior a la mediterránea para todo el mundo ni que deba convertirse en la nueva dieta universal. Solo incluyó a 42 personas con un perfil metabólico concreto y durante un periodo relativamente corto. Tampoco permite saber si estas diferencias se mantendrían durante años o qué consecuencias tendría mantener una dieta tan baja en carbohidratos a largo plazo.
Lo que sí plantea es una cuestión interesante: dos personas pueden perder el mismo peso y, sin embargo, no experimentar exactamente los mismos cambios metabólicos. La pérdida de peso sigue siendo una parte fundamental de la mejoría observada en los tres grupos. Pero la composición de la dieta parece capaz de añadir algo más a esa ecuación, especialmente cuando existe una combinación de obesidad, prediabetes y exceso de grasa en el hígado. Más que proclamar una nueva vencedora en la eterna competición entre dietas, el estudio introduce una idea bastante más interesante: cuando se trata de metabolismo, quizá no importe únicamente cuánto peso perdemos, sino también qué ocurre dentro del organismo mientras lo perdemos.
Fuente larazon.es